Elogio de la Inflación

Alguien tenía que escribirlo. Como lo hizo Erasmo con la locura o Aguinis con la culpa. No le llego ni a los tobillos a los mencionados, pero siento que la inflación merece un desagravio.

Algún mérito tendrá, ella, que viene acompañándonos durante décadas en Argentina. Le ganó a casi todos los gobiernos. Y, esto ya es un pronóstico, vencerá también al Covid 19.

Todos los que llegan al poder en nuestro país dicen que la van a combatir, pero ella sigue vivita y coleando.

Aunque este artículo no aspire a paper, definamos primero a nuestra protagonista como un “aumento generalizado y sostenido de los precios”. Y aclaremos, por si hiciera falta, que mayores precios quiere decir menor valor del peso. A la larga, si hay más billetes, cada uno de ellos vale menos.

Antes de seguir, y por las dudas: no es que los bienes y servicios valgan más; es nuestra (no) moneda que vale menos. Y pongo énfasis en lo de “no moneda”, pues el peso no cumple con las condiciones para ser considerado dinero. No es reserva de valor (pocos ahorran en moneda local) ni unidad de cuenta generalizada (los precios de muchos bienes se expresan en dólares) y algunas veces ni siquiera medio de pago (la mayoría de los inmuebles se abonan y cobran en la moneda yanqui).

Y no olvidemos que la inflación aumenta, entre otras cosas, la incertidumbre. Y que más incertidumbre quiere decir, en negocios, menos inversiones, menos puestos de trabajo y menos un montón de cosas más.

En el largo plazo, la inflación es una de las caras del deterioro de nuestras (no) monedas. Y digo nuestras, pues antes del peso fueron el austral, el peso argentino, el peso ley 18.188, el peso moneda nacional, etc.

Desde 1970 le hemos sacado 13 (trece) ceros a las (cuasi) monedas. Recordarlo es (casi) innecesario. El problema, por las dudas lo aclaro, no es que el 13 sea mufa.

Antes de pasar a las “virtudes” de la inflación, te recuerdo que durante muchos años empatábamos con el dólar estadounidense. Pero de ese 1 a 1, que defendíamos con dos líneas de cuatro y colgados del travesaño, pasamos al 145 a 1 (o al 80 a 1, según el score oficial) de estos días.

Pero basta de pálidas. Si consiguió tal supervivencia, algunos méritos debe tener. En este posteo me limitaré a señalar seis razones. Que las presento de a una, pero están todas relacionadas. Ahí van.

La inflación:

*permite convivir con un relato fantástico. Podés decirle a alguien “te aumento el sueldo”, cuando en realidad se lo estás bajando, con el simple hecho de subirlo menos que la inflación. Es la diferencia entre un aumento nominal y uno real. En general, los seres humanos no soportamos reducciones nominales de ingreso, pero sí bajas reales.

*la “virtud” antes enunciada, permite ajustar el gasto sin que el gobernante diga que ajusta. Los jubilados argentinos serán llamados a declarar si alguien cuestiona este punto.

*es un impuesto que financia al estado. Tiene una base imponible (depósitos y billetes), una tasa y no necesita ser aprobado por ley del congreso.

*permite también recaudar al estado mediante el recurso de no ajustar mínimos no imponibles o no permitiendo el ajuste por inflación para el cálculo de impuestos.

*torna fantástico cualquier intento de presupuesto, dificultando luego su control y permitiendo que, por subestimación en la “ley de leyes”, haya ingresos en exceso que el gobernante de turno asignará a discreción.

*genera “trabajo” a los funcionarios que deben aprobar aumentos de bienes y servicios, que el estado considera esenciales.

En todo el mundo hay especies en extinción que han encontrado, en algún lugar de la tierra, un sitio donde continuar vivas. La inflación parece estar a gusto en nuestro país. Y, por lo menos en esto, los argentinos mostramos respeto por ella, con gobiernos que se dedican, sin enunciarlo, a cuidarla.

Sé que tiene mala prensa y que me expongo al escarnio público por este elogio. Pero algo tendrá para, después de tanto tiempo, seguir viva entre nosotros.

Hasta la próxima.

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